El mester de clerecía

Poesía medieval culta: mester de clerecía


 Ya vimos anteriormente la literatura medieval de vertiente popular, tanto la lírica (jarchas, cantigas, romances, etc.) como la épica/narrativa (El cantar de mio Cid). Esta se difunde principalmente entre el vulgo y su composición nace de la tradición oral, transmitida de boca en boca hasta que un amanuense o copista culto decide hacerla constar por escrito.

En cambio, la vertiente culta es creada de forma consciente por un autor individual. Dado que en esta época los únicos que saben leer y escribir son los clérigos y algunos nobles, la literatura culta pertenece casi exclusivamente al mester de clerecía. Este término abarca todas las obras redactadas o concebidas por hombres de la Iglesia que, a imitación del mester de juglaría, deciden dejar de ser simples copistas para convertirse en creadores de obras originales, nuevas. Aunque los clérigos toman como referencia a los juglares, se distancian mucho de ellos para demostrar su supuesta superioridad:



Mester de juglaría
Mester de clerecía
Autoría:
La tradición oral
Consultan fuentes escritas y documentos
Estrofa:
Tiradas o romances, de versos ilimitados y rima asonante, métrica irregular (anisosilabismo)
Cuaderna vía: 4 versos alejandrinos (14 sílabas) de rima consonante
Lenguaje:
Tosco, repetitivo, de expresiones simples, fórmulas fijas
Rico, con latinismos y recursos retóricos complejos, alegorías
Intención:
Entretener, para ganar dinero
Docere et delectare: enseñar y entretener, suele ser moralizante
Temática:
Guerra, amor o muerte
Vidas de santos (hagiografías), mártires y vírgenes; fábulas religiosas y moralizantes
Transmisión:
Mayormente, oral (juglares)
Escrita, en libros, pero de lectura pública

Aunque la mayoría de autores siguen siendo anónimos, ya empieza a surgir cierta conciencia de autor. De entre estos escritores clérigos, destacan dos especialmente:

· Gonzalo de Berceo (Milagros de Nuestra Señora)

Enlace a la obra completa: Milagros de Nuestra Señora

Gonzalo de Berceo (s. XIII) es el primer autor en lengua castellana con nombre conocido y escribe muchas obras que se incluyen en el mester de clerecía, puesto que fue monje en el monasterio de San Millán de la Cogolla. De hecho, su intención para escribir su obra era atraer peregrinos hacia el monasterio y, al mismo tiempo, adoctrinar en el cristianismo.

En esta época, los cristianos hablan una lengua muy distinta ya del latín (era el germen del actual castellano) y, sin embargo, las misas se continuaban dando en este idioma, que ya era ininteligible para ellos. Por tanto, se hace necesario escribir obras en romance (la lengua del vulgo) para que entiendan la religión y, además, coge fuerza el marianismo: la devoción a la Virgen María, que se convierte en una figura «maternal» y compasiva, frente al estricto y castigador Dios.

En este contexto se inserta la obra más famosa de Gonzalo de Berceo: Milagros de Nuestra Señora. Esta obra está toda escrita en verso y se compone de una introducción de carácter lírico, en la que el autor invoca a la Virgen para que le dé inspiración y describe un paisaje idílico (tópico del locus amœnus) que en realidad es una alegoría de la propia María y de sus atributos y virtudes; a este prólogo le siguen 25 exempla: cuentos breves moralizantes. Son 25 porque el número que representa a la Virgen es el 5 (5×5=25), que es la protagonista de todos ellos. En dichos relatos aparece siempre un personaje que es muy devoto a María pero que comete un grave pecado, por lo que recibe un castigo; entonces se le aparece la Virgen y lo perdona para salvar su alma.

El éxito de esta obra reside en que imita un estilo llano para que le resulte próximo a la plebe y, por esta misma razón, utiliza personajes humildes y, en su mayoría, basados en «historias reales», supuestamente documentadas, y una de ellas incluso ocurre en la Corona de Castilla pocos años antes.

· Juan Ruiz, arcipreste de Hita (Libro de buen amor)

Enlace a la obra completa: Libro de buen amor

En el siglo XIV nos encontramos con otro autor religioso que es Juan Ruiz y cuya obra dista muchísimo de la anterior. A día de hoy, el Libro de buen amor continúa siendo muy innovador y rompedor, tanto por su contenido, como por su estilo y su concepción de la literatura.


Para empezar, la obra es una narración que finge ser autobiográfica y pretende contarnos las peripecias amorosas y sexuales del autor (aunque son obviamente ficticias). Casi toda ella está escrita en verso, mayormente en cuaderna vía, como le corresponde por ser clérigo, pero también combina una gran variedad de métricas y estrofas populares, de tal modo que la forma se ajusta a cada contenido. Además, también alterna pasajes sacros, como himnos y gozos a la Virgen o a Cristo, junto con pasajes profanos, como las serranillas, composiciones prototípicas que narran el encuentro amoroso con mujeres de la sierra.

La riqueza de esta obra también se debe a su enorme ambigüedad, que nos impide incluso descubrir cuál es su verdadera intención. Desde el prólogo se nos advierte múltiples veces que el libro parece aconsejarnos tomar la vía del «loco amor» (carnal, terrenal, sexual), pero se justifica diciendo que debe ser el lector quien lea entre líneas y encuentre en ellas el camino al «buen amor» (divino, celestial, el que conduce a Dios). El lema de este libro se resume en: «Non ha mala palabra si no es a mal tenida». Es decir: la ofensa no se encuentra en quien la hace sino en quien la recibe, pues es el lector quien debe entender bien el texto y no malinterpretarlo, y esta concepción que se centra más en receptor que en el autor resulta innovadora incluso para la actualidad. En definitiva, la obra podría entenderse como un consejo a disfrutar de los placeres terrenales sin apartarse del camino recto de Dios, un consejo que choca mucho con la mentalidad teocéntrica medieval, que concebía la vida como un «valle de lágrimas» en el que solo se debe sufrir para así aspirar a la eternidad en el Cielo.

Entre los muchos consejos que nos da sobre el «loco amor», destaca el de buscar una trotaconventos, que es una mujer dedicada a convencer a otras para concertarles citas con el protagonista, especialmente monjas y novicias, como su nombre indica. Este personaje es importante porque es el germen de la que será la Celestina. Además, destaca el pasaje en el que dedica un planto (elegía fúnebre) a la muerte de su trotaconventos, doña Urraca, y cuyo carácter oscila entre paródico y profundamente sentimental: una de las muchas ambigüedades de este libro.

Finalmente, aquí os dejo varios fragmentos musicalizados y cantados por Paco Ibáñez:








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